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Atravesando la fantasía: La cura psicótica

 
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Autor Mensaje
yemeth



Unido: 06 Jan 2005
Mensajes: 1389

MensajePosted: Fri Jul 20, 2007 8:55 pm    Enviar tema: Atravesando la fantasía: La cura psicótica Responder citando

 

Como breve reseña, la autora del artículo es Janet L. Lucas, nacida en 1962 en Edmonton (Canadá), graduada por un lado en informática y por otro de un conglomerado al estilo canadiense de ciencias sociales, semiótica, deconstrucción y psicoanálisis, con un doctorado en pensamiento político y social. Actualmente da clases en el Departamento de Inglés en la Universidad de Toronto, y en el Departamento de Sociología de la Universidad de York.

Aunque el artículo pueda resultar un tanto árido y sea facil perderse con que si "moi" y "je" y demás, y ayuda tener cierta idea previa sobre psicoanálisis/Lacan, la autora insiste tanto una y otra vez en explicar los términos que creo que se puede ir cogiendo la idea aún si en algún momento algo parece difícil o no se está familiarizado con los términos. Igual, cuando presenta otros conceptos (Heidegger, Hegel), lo hace contextualizándolo en lo anterior, así que creo que se puede ver por donde van los tiros sin un conocimiento "experto" con un poco de paciencia.

La autora da un primer repaso a las etapas de la formación del sujeto: la separación perceptual entre el "yo" y el exterior, la posterior sujección de este caótico exterior que no se entiende y asusta a una serie artificial de reglas aprendidas al entrar en lo simbólico, y finalmente la asunción de tales reglas como parte de uno mismo. Plantea entonces ideas acerca de la propuesta de la "curación" respecto a la esclavitud de las reglas que el sujeto asume: el proceso psicótico como cura, o en este caso en particular, su uso como mecanismo de muerte/resurrección del sujeto para la reentrada en lo simbólico, reorganizando el sujeto su estructura acerca la realidad. Atravesar la fantasía de una realidad supuestamente estable y que sólo parece tener una interpretación posible, para liberar las posibilidades de reconceptualización de esa realidad, esperando a ser reinventada más allá de las fantasías permitidas por el sistema. Las contradicciones que tal proceso supone, en la separación respecto de una sociedad cuya locura comunal implica la asunción de las realidades aceptables. Una cierta "peligrosa capilla", pero desde los modelos que son propios a la filosofía francesa del Siglo XX.

Acercarse al vacío es acercarse a un abismo en el que el significado no tiene una base, el suelo desaparece bajo los pies. De hecho es tan peligroso, que es a través del conformismo, no haciendo preguntas o dando vueltas alrededor del vacío con el discurso del je, como lo evitamos.



Atravesando la fantasía: La cura psicótica

por Janet L. Lucas


Una cura psicótica aparece desde luego como algo contradictorio. Sin embargo, con lo que tenemos que manejarnos aquí es precisamente con la paradoja. Aquellos que estén familiarizados con el psicoanálisis lacaniano saben que el "sujeto" es bastante literalmente "nada". Una carencia ocupa el núcleo de nuestro ser, una carencia que pasamos nuestras vidas enteras intentando negar. Este negación, sin embargo, es productiva. Incapaces de vivir como nada, luchamos sin pausa por probar nuestra existencia. La falta-de-ser en sí se constituye en deseo, y nos lleva a una búsqueda insaciable de completitud; un estado de ser que nunca ha existido y que como argumentaré no puede existir. De hecho, es en cuanto que este estado de completitud no puede existir, que podemos existir. Dicho de otra manera, nuestra existencia como sujetos no se encuentra en el núcleo de nuestro ser, sino que consiste en las estructuras ideológicas que producimos a través de la forma en la que compensamos nuestra inherente falta-de-ser. El lenguaje, la cultura y la civilización, todos ellos surgen de esta carencia primordial. La vida, desde esta perspectiva, no consiste en obtener completitud. Consiste en desear completitud.

Atravesar la fantasía, sin embargo, nos muestra nuestro deseo como lo que es: una ficción. A través de la des-ilusión, la "cura" lacaniana nos desnuda quitándonos nuestro necesario (aunque desencaminado) deseo de completitud; lo que nos deja es la carencia de una carencia, la misma base de la psicosis. Si, como nos enseña Lacan, somos literalmente nada, ¿cómo podemos entonces conciliar esto con una "cura" que demanda que el sujeto tome responsabilidad de sí mismo como agencia auto-consciente? La trayectoria completa del psicoanálisis lacaniano como herramienta cultural, socava su eficacia como herramienta clínica. Resulta curioso que una contradicción tan evidente resulte ignorada tan a menudo. Mientras que analistas como Bruce Fink (psicoanalista lacaniano) y Ellie Ragland proporcionan una explicación realmente lúcida de la subjetividad lacaniana, ambos encubren esta contradicción fundamental. Incluso los críticos como Mikkel Borch-Jacobsen eluden el objetivo. Sin embargo, antes de lanzarnos a una crítica de la cura lacaniana, debemos revisar la ontogénesis del sujeto lacaniano y las estructuras ideológicas que genera.



LA ONTOGÉNESIS DEL SUJETO

Al describir los niveles de la subjetividad, Lacan hace la curiosa afirmación de que el sujeto psicótico sólo puede contar hasta uno, el histérico hasta dos, y el "normal" (Edípico) hasta tres. Este punto se ilustra mejor a través de la lógica matemática de Gottleb Frege. Así que empecemos desde el principio. El niño que caga y llora es un ser no diferenciado. Ni siquiera es uno; existe al nivel de cero. El infante literalmente es el otro objeto (soy el pecho); sin embargo, a este nivel, no hay un "Yo". Cero es el nivel de lo Real, y como tal, no tiene fisura alguna. La falta de fijación de las experiencias del infante invoca la ansiedad de la fragmentación, de no ser completo, o de forma más simple, de no ser. Esta ansiedad provoca el movimiento hacia el siguiente nivel donde el infante se identifica con una imagen especular.

La etapa de indentificación del espejo marca el movimiento dialéctico al nivel uno y la emergencia del "moi". Es importante destacar que Lacan hace una distinción entre dos términos, el "moi" y el "je", para referirse al Yo; y ninguno de los dos puede reducirse a la concepción estable del ego. Ambos interactúan en un ciclo de negación que crea y mantiene la apariencia de un ego estable. Las consecuencias de alinear el ego con el "moi" o el "je" en cualquier etapa, ignorarían los cambios dialécticos que atraviesan estos términos, particularmente el "moi". El "moi", es una fijación de identificación resultante del reconocimiento incorrecto de la integridad corporal o "completitud". Si entendemos las fijaciones de identificación de la etapa del espejo como surgiendo de una fusión o confusión con la madre, aquello que el niño asume con júbilo, su completitud, se convierte paradójicamente en la condición de su auto-alienación; esto es, la madre especular que ahora reconoce erróneamente como sí mismo, es un otro. Esto no implica, sin embargo, que hubiera un yo anterior del que el niño se ha alienado. Al contrario, este proceso de asumir una completitud especular se produce en torno a una falta-de-ser primordial.

Ocurren dos sucesos cruciales en esta etapa. Primero, estableciendo una identificación especular y narcisista a través de la madre, el niño se ha movido de lo Real a lo Imaginario; ahora tiene una identidad, una ilusión de completitud. Segundo, como resultado de esta identificación especular consigo mismo con algo fuera de sí, el niño experimenta su primera división o alienación. La etapa del espejo como tal, implica dos procesos distintos; primero una alienación especular, es decir, una identificación con una imagen (la de sí mismo en el espejo) que destina al sujeto a existir fuera de sí mismo; y segundo, la asunción del Deseo de la madre. Siendo la madre, el niño también asume (o intenta asumir) su Deseo; el niño intenta descifrar qué es lo que ella quiere.

Este proceso en que el niño asume la imagen especular de la madre, o incluso la localización de sí mismo en un otro, es producido en torno a una alienación que surge de una falta-de-ser primordial. Desde este punto en adelante, el infante (y más adelante el sujeto) se buscará por siempre a sí mismo fuera de sí; precisamente, porque ni es ni nunca ha sido un yo. Dado que la placentera asunción de una Gestalt corporal se motiva por una falta-de-ser ya existente (nivel cero), su alienación de si mismo se hace mucho más profunda. Mientras que lo que se entiende familiarmente como alienación implica que hay, de hecho, un yo que uno puede encontrar o al que puede regresar, un yo que existe antes de la alienación, en el caso del sujeto lacaniano nunca ha habido un yo, con lo que literalmente no hay nada hacia lo que regresar. Este punto tiene serias ramificaciones en la cura lacaniana.

Continuando con el surgir dialéctico del sujeto lacaniano, el nivel uno (la etapa del espejo) culmina en la comprensión del niño de que no es el fin para la madre, no es todo para la madre; que ella tiene otros deseos, por ejemplo, hacia el padre. Es importante destacar aquí que el padre en este contexto no es necesariamente el padre biológico de la familia nuclear. Es más bien un tercer término abstracto el que interviene; se trata de la actuación de la "cultura", la "sociedad", la "realidad", o mejor planteado, es la intervención de lo que Lacan llama el Nombre-del-Padre y con ello el acceso concomitante al lenguaje y lo Simbólico (Lacan, Seminario III, 96). Mientras que la intervención de un tercer actor (que desbarata la unidad con la madre) facilita que surja un sujeto "separado", es aún sólo un paso preliminar. Mientras que a este nivel el niño toma su "nombre", aún tiene que tomar su "apellido"; el nombre que lo ata a su parentesco y las normas culturales. El niño como tal, ha "obtenido un espacio" en el órden Simbólico, pero aún tiene que ocuparlo. Tres personas son por tanto necesarias para "enseñar al niño que la madre y él no son uno sino dos seres" (Ragland-Sullivan, 55). Hay una distinción sutil y aun así importante que hacer entre los niveles dos y tres: mientras que el Nombre-del-Padre como tercera fuerza que interviene fue introducido en el segundo, el tercero marca la identificación subsiguiente con las normas del género y otros mitos sociales/culturales. Mientras que ambos implican el Nombre-del-Padre, el segundo -la entrada en lo Simbólico- necesariamente precede al tercero; como afirma Lacan, "¿cómo podría el individuo situarse a sí mismo dentro de la sexualidad si no poseyera ya el sistema de significantes?" (Seminario III, 248). Cuando el histérico pregunta en qué consiste ser del género masculino o femenino, por virtud de ser capaz de hacer esta pregunta, tiene los métodos de lo Simbólico a su disposición (249).


LENGUAJE: DESEO, JOUISSANCE Y EL objet a

La función del habla y el lenguaje en relación al órden simbólico se puede argumentar que es una de las perspicacias más importantes de Lacan. El lenguaje funciona como un substituto, una cierta compensación por la ficticia pérdida de la jouissance (gozo) en el niño, a la que es forzado a renunciar con la intervención del Nombre-del-Padre. Lacan se refiere a esta pérdida, esta "chatarra" de la madre como el "objet (objeto) a". El "objet a" conlleva a menudo consigo la resonancia de una unidad perdida, y el deseo de re-establecerla. A menudo se argumenta (notablemente desde la perspectiva del Feminismo Francés), que en tanto esta "chatarra" de jouissance circula en el lenguaje, en tanto es intrínseca al lenguaje, ofrece la posibilidad de que pueda lograrse. Yo argumentaría lo contrario: el objet a funciona como un cebo necesario, como una zanahoria atada a un palo, siempre más allá de nuestro alcance, como aquello que genera líbido y nos sostiene como sujetos deseantes.

Para desentrañar esta argumentación, es necesario empezar preguntando qué es lo que estamos intentando conseguir. ¿Es esta jouissance algo que de hecho existió, o se trata de una ilusión (aunque fuera estructuralmente necesaria) que se crea retroactivamente?,... es decir, ¿existe la jouissance sólo desde la perspectiva del sujeto dividido? Si revisamos la ontogénesis de la subjetividad, tenemos un sujeto que ha pasado a la existencia tan sólo por la condición que supone su inherente falta-de-ser. Lejos de estar nadando en un océano de jouissance, el nivel cero se caracteriza por una ansiedad sensorial que surge de la fragmentación corporal. De hecho, esta ansiedad es lo que constituye el conflicto que precipita el movimiento dialéctico al siguiente nivel, es decir, cuando el niño asume como propio el placer el ajeno de la Gestalt corpórea de la madre ( o simplemente de un "otro", como quiera verse). Esta falsa unidad, no está sólo marcada por una ruptura de falsas ilusiones, sino también por una emoción de celos primordial (por no mencionar la proximidad sofocante). Esto no quiere decir, sin embargo, que mantener la ilusión de la jouissance sea actuar en torno a un error; más bien al contrario. No, mi argumento es que precisamente este deseo contínuo e insaciable por la unidad (por ficticia que sea) es lo que genera líbido; lo que sostiene al sujeto deseante. En otras palabras, el sujeto sólo existe como tal porque desea; y desea sólo en aquella condición en que se encuentra dividido.

Hay dos consecuencias significativas del acceso del niño al lenguaje: primero, las fijaciones identificativas en la fase del espejo que constituyen el "moi" se reprimen, y ahora constituyen el inconsciente primario Otro(A); y segundo, en cuanto que el niño ahora usa el lenguaje como una compensación por la (ficticia) jouissance a la que se le forzó a renunciar (la unidad perdida con la madre), y que el lenguaje como sistema de sustituciones exacerba la distancia, pues el niño a pesar de (y de hecho a consecuencia de) sus esfuerzos por lo contrario, perpetúa el aumento de la distancia de la unidad (ficticia) que pretende re-establecer. [...]

La intervención del Nombre-del-Padre funciona para reprimir el deseo de la madre, y como tal, inaugura el surgir del inconsciente. Sin embargo, mientras que las fijaciones identificativas del "moi" asociadas con la madre se reprimen, también se alzan y mantienen en el aufhebung. Mientras que el Deseo-de-la-Madre da paso al Nombre-del-Padre, el Deseo-de-la-Madre (como el inconsciente reprimido) motiva y habla a través del Nombre-del-Padre. En otras palabras, mientras que se mantiene necesariamente imposible de obtener en lo estructural, la pérdida de la jouissance asociada con la madre (el Deseo-de-la-Madre) es intrínseco a la estructura del lenguaje.

El acceso del sujeto al lenguaje también marca el surgir del "je" (el "Yo"), o sujeto que habla. Mientras que el "je" cree que habla su propia verdad, de hecho habla las fijaciones identificativas del "moi". Estas fijaciones identificativas del moi, que en su momento surgieron de un sentido de estar fragmentado, de falta-de-ser, ahora dan energía al discurso del "je" a través de incesantes sustituciones lingüísticas. Al mismo tiempo, este "je" niega cualquier fuente de significado en cualquier cosa que no sean sus propias palabras. El "moi" y el "je" son en este sentido inseparables, e interactúan o cooperan en un ciclo de negación que paradojicamente se perpetúa a sí mismo, constituyendo y caracterizando con este ciclo al sujeto deseante. Ya que el movimiento de un nivel al siguiente es dialéctico, el "moi", establecido en el nivel uno, no es eliminado, sino que se mantiene al nivel del "je". Más aún, según el sujeto se mueve de lo Real a lo Imaginario y a lo Simbólico, los órdenes o registros sobrepasados no quedan abolidos. Más bien, [...] co-existen e interactúan de continuamente.


Como se dijo arriba, el "moi", que emerge en el nivel uno, ahora busca reconocimiento en los otros; esto es, ya no se experimenta a sí mismo como unidad con la madre. A través de la intervención del padre (el tercer término), se fuerza al niño a reprimir la (falsa) unidad para favorecer una identificación "paterna", y lo cultural y lingüístico. Sin embargo, al haber sido constituido el "moi" originalmente a través de asumir la imagen especular de la madre (o de un otro) como algo propio, este "moi" está amenazado y socavado continuamente por su propia otredad respecto a sí mismo. Como tal, hay como afirma Lacan "un ego en él que siempre es parcialmente como algo externo, un maestro implantado en él sobre y por encima de sus tendencias, conducta, instintos, e impulsos" (Lacan, Seminario III, 93)

El "maestro" al que se refiere Lacan en este pasaje puede ser analizado desde la perspectiva de la dialéctica "maestro/esclavo" hegeliana, donde la subjetividad es dependiente intrínsecamente del reconocimiento del otro. En la relación maestro/esclavo, es el esclavo quien retiene su humanidad, mientras que el maestro paradójicamente queda esclavizado; ya que el esclavo es una consciencia subordinada, no puede proveer la verdad de reconocimiento que requiere el maestro para su existencia continuada como objeto auto-consciente. Es decir, ya que el maestro no reconoce al esclavo, el reconocimiento del maestro por parte del esclavo no tiene valor. Así, mientras que se encuentra deprivado de su libertad, el esclavo reconociendo al otro (el maestro) obtiene la posibilidad de la existencia. Incluso, la carencia que se instala en el esclavo -la del disfrute del maestro- alimenta un deseo incesante de re-obtener ese disfrute. En otras palabras, funciona como líbido, y sostiene el deseo del esclavo; al igual que el objet a, como una jouissance estructuralmente imposible de obtener y ficticia, sostiene al sujeto deseante.

¿A quién debe su humanidad? Tan sólo al reconocimiento del esclavo. Sin embargo, dado que no reconoce al esclavo, el reconocimiento literalmente no tiene valor... el esclavo que ha sido deprivado de su disfrute mantiene intacta su humanidad. El esclavo reconoce al maestro, y por tanto tiene la posibilidad de ser reconocido por él (el esclavo posee deseo). A través de los siglos se embarcará en la lucha por ser efectivamente reconocido (Lacan, Seminario III, 40)

Esta segunda división del sujeto (cuando se instalan los deseos del Otro(A)), siendo el acceso al lenguaje y con ello el deseo estructuralmente incesante de re-unirse con una sensación de completitud ficticia y creada retroactivamente, es intrínseca a la líbido. La pregunta entonces se convierte en, ¿qué es lo que sucede cuando esta división se rechaza, o se forcluye?



FORCLUSIÓN PSICÓTICA

La forclusión (Verwefung) resulta en una estructura psicótica. Hay, como tal, un enlace crucial que ha de hacerse entre la líbido (o su pérdida o falta) y la psicosis. En la negativa del psicótico a la división, no tiene deseo. Ya que el psicótico no se encuentra dividido, no tiene necesidad, o más bien, deseo por re-unirse con una mítica completitud; existe como tal completitud mítica. Sin embargo, este no es el ideal utópico por la que abogan Deleuze y Guattari. Encerrado en una estructura doble, el psicótico puede aprender palabras, pero nunca tendrán realmente significado para él. En lugar de sumergirse en la jouissance, el psicótico tiene como destino vivir en las afueras de la interacción humana. Aunque puede aprender a imitar la "normalidad", esta "realidad" siempre será un precario castillo de naipes, listo para derrumbarse en el momento en que encuentre o confronte el término que ha negado.

La cuestión que hay que plantear en este momento es, sin embargo; ¿cómo es posible que un niño imite la normalidad, y que de hecho viva y se comunique con lo Simbólico (aunque no sin dificultades) antes de la ruptura psicótica que ocurre mientras se produce la confrontación con el Nombre-del-Padre? El comienzo de la psicosis no ocurre típicamente hasta la etapa adulta; de hecho, en el caso de Schreber ocurrió teniendo 50 años. Si el Nombre-del-Padre no se hubiera internalizado nunca y el sujeto no se hubiera dividido, ¿cómo podemos entonces hablar de la vida (más o menos) "normal" del individuo anterior al estallido de la psicosis? Ha de haber alguna estructura, aunque sea precaria, para que el sujeto que ha forcluido el Nombre-del-Padre negocie con el órden Simbólico. Lacan proporciona una pista incisiva sobre esta cuestión en su tercer seminario sobre la psicosis:

Supongamos que esta situación supone para el sujeto la imposibilidad de asumir la realización del significante padre en el nivel simbólico. ¿Qué le queda? Le queda la imagen de aquello a lo que se reduce la función del padre. Es una imagen que no está inscrita en ninguna dialéctica triangular, pero cuya función como modelo, como alienación especular, le da aun así al sujeto un punto al que agarrarse y le permite aprehenderse en el plano imaginario. (204)


LENGUAJE Y LOCURA

Mientras que el "je" habla el lenguaje de las substituciones simbólicas, necesita el "moi" para darle su cohesividad corporal. Más aún, empujando al sujeto constantemente hacia una unidad ideal (e imposible), el "moi" crea el Deseo. Como se indicó antes, el "moi" funciona en su relación con el Deseo en el nivel negado del "je", el sujeto que habla. El je y el moi interactúan o cooperan en un ciclo de negación mutua que se perpetúa, una especie de locura común (folie à deux): el je niega cualquier fuente de significado en cualquier otra cosa que no sean las cosas que habla a través de lenguaje (que ocurren sin su conocimiento para el je), y el moi, caracterizado por las fijaciones de identificación que impulsan al je, no sólo niega el origen externo de estas fijaciones, sino también la falta-de-ser primordial que las precipitó. De forma interesante, es precisamente esta locura común, la interacción "normal" entre el je y el moi, lo que se rompe en la psicosis. En este sentido, la psicosis puede verse de forma casi paradójica como un negarse a la locura; o como la carencia de una carencia. A través de nuestra locura común, la que caracteriza nuestras interacciones, creamos y nos acomodamos. Lo hacemos en una realidad aparentemente estable, objetiva, producto de la experiencia; en un sistema ideológico que nos permite creer que somos los maestros de nuestro discurso. En un sentido dolorosamente irónico entonces, cuanto más luchamos por liberarnos de la ideología, más profundamente nos encontramos en ella.

Cuando Lacan se refiere a la realidad, no se está refiriendo a nada dado ontológicamente. Es más bien la realidad como ontología lo que es creado como simbolización de lo Real. La realidad que experimentamos, entonces, no es algo dado, sino creado dinámicamente a través de un elaborado ciclo que se perpetúa a sí mismo de fijaciones identificativas vacías y sin base de un moi que habla de sí mismo incesantemente a través del discurso del je.


La cuestión es, entonces, no lo que uno llama vagamente realidad como si esto fuera la misma cosa que la realidad de una pared con la que pudieramos chocar, sino una realidad con sentido, la cual no se nos presenta simplemente como obstáculos y puntos de apoyo para nuestros pies; es decir, realidad en cuanto a una verdad que se verifica a sí misma y se instala como orientando este mundo e introduciendo seres, para llamarlos por su nombre hacia él (Lacan, Seminario III, 204)


Así visto, el lenguaje, mientras que se usa como compensación por la separación y la alienación, paradojicamente hace mayor una falta-de-ser ya existente. No sólo se expresa a otro, es otro. Este es un punto importante. Lacan ha sido criticado (de forma más notable por Mikkel Borch-Jacobsen) por considerar que apenas se apropia del sujeto filosófico de la representación y presenta conocimientos filosóficos existentes como nuevos conceptos radicales psicoanalíticos. El sujeto de representación es un sujeto circular, es decir, se representa fuera de sí sólo para traer esa representación de vuelta a sí. El sujeto lacaniano sin embargo, aunque es dialéctico, y circular en muchos aspectos (como la interacción de las fijaciones del moi y el discurso del je), es concebido respecto a una alienación fundamental, siendo fuera de sí; pero ya que nunca fue, no puede regresar a sí mismo a través de la representación.

Si tomamos el Dasein ("ser ahí") de Heidegger como caso, mientras que ser está siempre por delante de sí (en cuanto a que se representa a sí mismo), aún es sí mismo. Heidegger propone un auténtico ser-hacia-la-muerte o ser-hacia-el-final como un momento de verdad existencial, ya que cree que ser existe y es intrínseco al sujeto. La representación, para Heidegger, refleja o re-presenta un sujeto existente, incluso si ese sujeto sólo puede agarrarse a través de la representación. Sin embargo, el sujeto lacaniano no tiene esa característica de ser. Es, y siempre ha sido, el Otro. La representación heideggeriana como tal no es un Otro (no es una imago); es, sencillamente, una representación. El sujeto psicoanalítico, por otro lado, no disfruta de esta circularidad del ser, de este re-unirse consigo mismo a través de la representación. Es un contínuo apuntar hacia el Otro que necesariamente (ya que la identidad del sujeto se localiza en el Otro) no puede retornar a sí mismo. Para clarificar este punto, es importante recordar que la completitud o unidad que al niño se le forzó a renunciar nunca existió; su reconocimiento de completitud era, de hecho, falsa.

En cuanto la creación del sujeto es dialéctica y como tal implica un proceso en el que se le quita una parte, las etapas que se suceden no son abolidas, sino alzadas y mantenidas en cada nivel sucesivo. Así, el sujeto en Edipo ha de ser visto como un proceso; no sólo como un proceso en su creación, sino como un proceso cíclico que le encierra en su alienación, mientras que le garantiza una subjetividad simbólica. Ya que la "subjetividad" del sujeto depende de su encierro contínuo en la alienación, no hay una síntesis dialéctica posible.

El movimiento de lo Real y lo Imaginario (niveles cero y uno) a lo Simbólico (niveles dos y tres) es coextensivo con el movimiento de un estado de Ser a un estado de Pensar, donde el primero se caraceriza por una unidad nostálgica y ficticia, y el segundo marca el acceso del sujeto al reino de la sustitución. El rechazo de esta pérdida, el rechazo o forclusión del Nombre-del-Padre, es como se dijo antes, la base (o carencia) que da pie a la psicosis. Sin la intervención del Nombre-del-Padre, el movimiento dialéctico desde el nivel uno donde las fijaciones de identificación del moi no han sido diferenciadas por un tercer término al segundo y tercer niveles donde estas fijaciones se dirigen hacia fuera, hacia otros, el niño permanece atrapado en el Deseo de la madre (o de otros). De forma distinta al Cogito Cartesiano de Descartes, donde ser y pensar se solapan (pienso, luego existo), desde una perspectiva lacaniana la relación entre ser y pensar (o significar) nunca pueden solaparse; pensar cancela, anula, el hecho de ser. Dentro de este contexto particular, "ser" se alinea con el órden de lo Imaginario y lo Real, mientras que pensar y significar está alineado con el órden Simbólico. Esta es una distinción importante, ya que el término de "ser" se usa a menudo de forma ambigua. En este contexto en particular, ser se refiere a una unidad ficticia; sin embargo, en otros contextos, ser se referirá (paradojicamente) a la existencia como sujeto del lenguaje.

En los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis, Lacan discute la exclusividad que supone la alienación. Podemos existir en el lado del Ser pagando el precio del significado. Elegir Ser, como indicamos antes, es equivalente a elegir la psicosis. Para ilustrar este punto, Lacan ofrece el ejemplo de "¡La bolsa o la vida!". Si eliges quedarte el dinero, el ladrón tomará tu vida, y luego tomará tu dinero. Y si eliges la vida (como haríamos la mayor parte de nosotros), tu vida será alterada en el sentido de que tus recursos (tu dinero) serán limitados. Como afirma Lacan, "Si elegimos ser el sujeto desaparece, nos elude, cae en la carencia de sentido. Si elegimos significar, el significado sólo sobrevive necesitado de esa parte de no-significado, aquello que se constituye en la comprensión del sujeto, el inconsciente." (211)

"¡La bolsa o la vida!" es entonces, dificilmente una elección: podemos convertirnos en sujetos o en psicóticos. Debemos renunciar a nuestro ser (en lo Real e Imaginario) para surgir al otro lado, el del significado Simbólico. En lugar del libidinalmente libre "esquizo-héroe" de Deleuze y Guattari, el ser no-castrado como ser sin carencia, es un ser sin Deseo. En otras palabras, ya que esta falta-de-ser primordial es lo que subyace a las fijaciones identificativas del moi que a su vez alimentan el discurso del je, y constituyen un Deseo estructuralmente insaciable (que funciona como libido), desenmarañar estas fijaciones dejaría al descubierto la literal nada que es el sujeto; y el Deseo que empuja de forma incesante al sujeto hacia una completitud, una unidad con todo ficticia, quedaría en evidencia como totalmente inútil. Ahora, si fuera el caso de que el sujeto lacaniano (como el sujeto heideggeriano y el hegeliano) tuviera de hecho un yo intrínseco, entonces este despojarse de las falsas ilusiones llevaría de hecho a la "verdadera" individualidad y libertad. Sin embargo, como he intentado explicar, ese no es el caso. El sujeto lacaniano es el Otro, y como tal, no hay ningún "verdadero yo" que reclamar, no hay ningún "verdadero yo" al que regresar. Ya que el Deseo y la función de la líbido sirven como fuerza vital para el sujeto (aunque sean ficticios y se basen en un reconocimiento erróneo), son esenciales para la existencia del sujeto. Resumiendo, sólo podemos tener vida (propósito, sentido) negando nuestra propia falta-de-ser. Es dificil que sorprenda, entonces, que Lacan se refiera al proceso de desentrañar las fijaciones identificativas del moi (atravesar la fantasía) como "trabajo-de-muerte".

Si regresamos por un momento a la situación maestro/esclavo y la situamos dentro de la perspectiva de la elección de la alienación, el "la bolsa o la vida", el esclavo al entregar su dinero se ha desplazado al reino Simbólico del pensamiento y el significado. Haciendolo, se convierte en sujeto del lenguaje, mientras que el maestro permanece atrapado en el reino Imaginario del ser.

El maestro ha tomado del esclavo su disfrute, le ha robado el objeto de su deseo, pero al mismo tiempo ha perdido su propia humanidad. (Lacan, Seminario III, 40)

Perder la humanidad de uno es equivalente a perder el Deseo de uno, la falta-de-ser propia; precisamente, lo que ocurre en la psicosis. La elección de la alienación como tal, muestra la inutilidad de obtener libertad a través de la maestría descrita en la Fenomenología del Espíritu (Auto-Certeza), al no existir Deseo en torno al que aplicarla.


MENTIR (NEGAR) LA SUBJETIVIDAD

Otro factor importante que emerge en este proceso de "la bolsa o la vida" de la alienación es que el sujeto, en su "desarrollo" dialéctico, se enfrenta a una elección. Ahora, sería demasiado fácil decir que la elección a la que se enfrenta el sujeto es entre realidad y no-realidad; tal afirmación no tendría en cuenta que la realidad no es algo dado ontológicamente; que es algo que se constituye como ontología a través de un proceso dinámico de simbolización ("vaciando" lo Real). Específicamente, el lenguaje como simbolización sirve como una compensación por la pérdida de una unidad ficticia, y como aquello que nos permite (a través de la circularidad de las fijaciones identificativas del moi y del discurso del je) negar nuestra falta-de-ser; llenar esta sensación subyacente de vacío con todo tipo de "cosas". No sólo cosas materiales (bienes de consumo, etcétera) sino, más importante, con cosas ideológicas. Ahora, no es muy complejo darse cuenta de que son estas cosas ideológicas las que forman nuestro deseo por las cosas materiales; y siguiendo esta lógica, si pudieramos salir de la ideología, ver más allá de ella, y con esto trascenderla, obtendríamos (por fin) nuestra verdad "real". Sin embargo, basandonos en nuestra discusión de la "verdad", nuestro deseo de trascender la ideología es congruente con nuestra negación de la falta-de-ser con la que estamos construidos. En otras palabras, como se demuestra a lo largo de este trabajo, cuanto más buscamos destapar la "verdad", más nos atrapamos en este ciclo que se perpetúa de fijaciones identificativas vacías del moi que son habladas y negadas a través del discurso del je.

De esta manera, cuanto más pretendemos encontrar o decir la "verdad", más mentimos. Desde luego es importante marcar una diferencia aquí: mentir no significa "proporcionar información falsa intencionadamente". Significa que uno miente sobre su propia certeza. Cuando pretendemos asegurar la certeza de lo que afirmamos, afirmamos la certeza de nuestros yoes que conocen (por no mencionar el acuerdo común social). Ya que el lenguaje entra en el juego como una sustitución o compensación por renunciar a la unidad madre/hijo, y el lenguaje o discurso del je es hablado por el inconsciente, las fijaciones identificativas reprimidas del moi que se precipitan por una carencia-de-ser primordial, el lenguaje en sí es por un lado arrojado sobre esta carencia-de-ser primordial, mientras que se manifiesta como una negación de esta carencia. Siendo las funciones del lenguaje una compensación por una unidad ficticia precipitada por una carencia-de-ser primordial, el lenguaje y el lenguaje un sistema de sustituciones que exacerba aun más esta distancia, entonces a pesar de (o como resultado de) nuestros esfuerzos en la dirección contraria, aumentamos de forma perpétua la distancia respecto a la unidad (ficticia) que luchamos incesantemente por re-establecer.

Así, cuando un sujeto comunica su "verdad", cuando el sujeto se afirma a sí mismo con más fuerza (por ejemplo, en el análisis), este sujeto también implicitamente afirma su propia falta de certeza, su carencia-de-ser y ansiedad. Este argumento puede sin embargo criticarse por crear un colapso demasiado sencillo entre la alienación y la separación, entre las fijaciones de identificación de la etapa del espejo y el discurso del je en la intervención del Nombre-del-Padre... con la consecuencia de una separación que falta -aquí, el momento en que se instala el objet a-, como lugar donde hay una resistencia potencial a pasar a formar parte de algo mayor, el Otro. Sin embargo, como discutí anteriormente, mi argumento es que el objet a funciona como un cebo necesario, siempre un poco más allá de nuestro alcance, como aquello que genera líbido y nos sostiene como sujetos deseantes; que la jouissance del objet a es una ilusión retroactiva creada sólo desde la perspectiva del sujeto dividido.


Como enunciación que se divide a sí misma, como afirmación que renuncia a sí misma, como ignorancia que se auto-disipa, una oportunidad que se pierde a sí misma, ¿qué es lo que queda aquí sino la traza de lo que debe suceder para que caigamos desde nuestro estado de Ser?

Del Ser al no-Ser, así es como el yo [je] como sujeto entra en juego, conjugado a través de una paradoja doble insoluble: una supervivencia real que sería abolida por el conocimiento de lo que uno mismo es, y un discurso en el que es la muerte la que sostiene la existencia (Lacan, Ècrits, 300)

Sin embargo, habiendo argumentado a favor de la "verdad" psicoanalítica, ¿puede intercambiarse realmente esto con la "verdad" empírica? La primera reduce a la segunda a una negación de la muerte, a no admitirla y de hecho empuja al sujeto a reconocer la "verdad" de su no-existencia, su propia "nada". Llamar a cualquier cosa verdad considerando que nombrar como verdad es parte del lenguaje, el acto de nombrar la verdad ya sea para firmar o negar la muerte parece ser el mismo. ¿Podemos hacer una distinción clara entonces entre aquellos que tienen sus pies dentro de diversas ideologías (Religión, Capitalismo, Comunismo, etcétera) y aquellos que buscan mostrar la "verdad" subyacente de estas ideologías? De hecho, mi propia explicación no se libra de esta crítica.



DIGRESIÓN SOBRE LA "REALIDAD"

¿Qué es entonces la realidad experimentada, la realidad que aparece como "natural" y "objetiva", como dada ontológicamente? Hasta el momento lo que hemos mostrado es bastante pesimista. Sus fronteras se hacen evidentes cuando uno se acerca a lo que Lacan llama el crepúsculo de la psicosis, la "prepsicosis"

Un mínimo de sensibilidad que nos da nuestra especialidad nos muestra claramente que algo que siempre puede verse en lo que se conoce como prepsicosis, es la sensación de que el sujeto se ha acercado al borde de un abismo. Esto hay que tomarlo literalmente... es una cuestión de entendimiento, no de imaginación, lo que sucede al sujeto cuando se le manifiesta la cuestión de que no hay significante; cuando es un agujero, una carencia que se manifiesta como tal (Lacan, Seminario III, 202-203)

Durante un episodio psicótico, la realidad como era experimentada anteriormente, sufre un giro drástico. El cómodo suelo en el que se sustenta una realidad "natural" estable que antes era asumida como algo natural, desaparece; y con ello, la bendición de la ignorancia. Cuando el significante maestro (el Nombre-del-Padre) que da sentido retroactivamente queda confuso y desaparece, la "realidad" experimentada, la realidad ordinaria, aparece como carente de sentido. Al no estar ya filtrada por el velo protector de su "verdad" ideológica, el psicótico ve a la gente apurándose, convencida de su propósito, apretada en sus chaquetas y sus corbatas; y oye el ruido, las voces, todas desconectadas y sin sentido, sin significado. Gente que corre en círculos convencida de la urgencia del Tiempo: "¡Las 9! ¡Las 10! ¡Las 11! ¡Rápido, no debemos llegar tarde!". La realidad se convierte en un tiovivo para aquellos "pobres desafortunados" que han caído fuera de él. La experiencia es profundamente aterradora en cuanto a que aísla profundamente.

El problema consiste en que como la locura comunal es comunal, existir fuera de esta locura es existir fuera de la humanidad. ¿Es este lugar fuera de la ideología la posición privilegiada de "verdad" donde uno puede trascender las falsedades ideológicas?. Lo planteo de otra forma: ¿qué es el valor de "verdad" si no se refleja en otro? Si esta experiencia tiene un valor existencial (lo que es totalmente cuestionable), este valor no se obtiene a través de una posición privilegiada fuera de la ideología sino mediante una re-entrada alterada en ella: uno sabe, pero al mismo tiempo, tiene que no-saber para poder vivir.

Se nos reduce a permanecer conformistas a través del miedo; nos asusta que nos volvamos un poco locos en cuanto no estemos haciendo exactamente lo mismo que el resto de la gente (Lacan, Seminario III, 201)

En el Seminario III, Lacan afirma que "no hay nada más peligroso que acercarse a un vacío" (201). Acercarse al vacío es acercarse a un abismo en el que en significado no tiene una base, el suelo desaparece bajo los pies. De hecho es tan peligroso, que es a través del conformismo, no haciendo preguntas o dando vueltas alrededor del vacío con el discurso del je, como lo evitamos.

Ya que la realidad experimentada no está dada ontológicamente sino que está creada como ontología a través del ciclo de las fijaciones identificativas del moi precipitadas por una carencia-de-ser primordial que a la vez que está reprimida habla a través del discurso del je, la pérdida de realidad (aquello que generalmente consideramos locura), se concibe como un problema. En lugar de ser una ontología, la realidad que experimentamos se convierte en una especie de consenso común, un acuerdo sobre lo que es y lo que no es, lo que es correcto e incorrecto, lo que es importante y lo que no lo es, etcétera. Así, puesto que el Deseo es intrínseco al sujeto dividido (Edípico), que el Deseo surge a partir de las fijaciones vacías del moi alimentadas a su vez por una carencia-de-ser primordial, que estas fijaciones a su vez alimentan el discurso del je, y que este a su vez lo que pretende es ocultar o evitar el abismo que siente pero que niega con todas sus fuerzas, el individuo "normal" (o las masas que constituyen la realidad "normal") crean y ocultan al mismo tiempo su propia ontogénesis.

El lenguaje en el sujeto edípico tiene entonces la doble función de crear una serie de sistemas de creencias elaborados, mientras que a la vez niega su construcción ontológica sobre un suelo que no es tal. La realidad normal, como afirma Lacan, es "la locura que deja sordo al mundo con su ruido y su furia" (Ècrits, 7) . La normalidad como tal, se caracteriza por el conformismo, por la adherencia estricta a los sistemas ideológicos (sea cual sea la forma que tomen). La desviación respecto a estos sistemas es vista como locura, y es una locura que nos inquieta de forma desproporcionada; nos molesta mucho más de lo que debería porque nos recuerda aquello que debemos olvidar.



LA CURA PSICÓTICA

Hasta este punto hemos estado discutiendo el sujeto lacaniano como un sujeto que "no es", y que "no es" de forma radical. De hecho, la trayectoria al completo del psicoanálisis apunta a un sujeto radicalmente alienado; un sujeto cuyo ser se localiza en el Otro - de hecho, el sujeto lacaniano es en sí el Otro. Entender a Lacan es entonces entender lo que el sujeto no es. Lo que vemos como sujeto (o nosotros) es meramente el ciclo que se perpetúa de fijaciones de identificación vacías del moi mediadas a través del discurso del je. Ya que nuestro deseo es totalmente exterior a nosotros, buscamos evitarlo junto con su vacío constituyente a través del lenguaje. El objeto de nuestro deseo (que debe entenderse como el "objeto causa del deseo") es, como se discutió antes, el objet a (la "chatarra" de la madre que el niño fue forzado a renunciar con la intervención del Nombre-del-Padre y el acceso al lenguaje). También, como se discutió antes, mientras que el objet a circula en el lenguaje, permanece estructuralmente inalcanzable. La relación del sujeto Castrado con el objet a existe entonces sólo a través de la fantasía, representado como " a. La fórmula es leída como la relación (") del sujeto bloqueado () a la fantasía (a).

La "cura", el objetivo del psicoanálisis lacaniano, es sin embargo atravesar la fantasía. Moverse de la posición del sujeto bloqueado a la posición del objet a, donde el sujeto reconoce que los motivos o deseos son los deseos del Otro, y al hacerlo, obtiene cierto grado de "libertad". Mientras que alcanzar cierto grado de libertad en una realidad que se enmarca en un conformismo casi sofocante es de hecho atractivo, plantea una serie de problemas teóricos. Atravesar la fantasía, tal que el sujeto pase a ocupar la posición del Otro, por ejemplo "yo causé esto", es una labor existencialista. Es importante recordar aquí que como se apuntaba antes, sin Deseo o libido dejaríamos de existir; y este Deseo está causado a través del discurso del je, etcétera, precisamente lo que pretendemos atravesar. Paradojicamente entonces, para Lacan "ser" es precisamente "no ser". Si como afirmabamos entender a Lacan es entender que el sujeto no es, entender que el sujeto es una ilusión retroactiva como negación del moi de su carencia primordial, la cuestión es cómo reconciliarlo con una "cura" que lleva al sujeto a tomar responsabilidad sobre sí mismo como agencia auto-consciente; no sólo para ocupar su otredad, sino para "re-territorializar" su posición de modo que el Otro se una al "uno"; de modo que el sujeto (lleno de júbilo) reconozca que al final es "uno" (!).

Mientras que Lacan (aparentemente) invierte esta posición en sus trabajos más adelante, por ejemplo tras el Seminario III sobre la psicosis, aún hace referencia a ello en el Seminario XI (Cuatro Conceptos Fundamentales); aunque con la advertencia de que esta posición es utópica y que uno nunca puede separarse de las identificaciones del moi. Hacerlo sería equivalente a la disolución de la identidad. En otras palabras, ya que el moi es precipitado por una carencia-de-ser primordial y apunta incesantemente a un sujeto futuro enviándolo a una búsqueda insaciable, genera libido y nos sostiene como sujetos deseantes. Desenmarañadas estas fijaciones del moi se nos deja literalmente con la carencia de una carencia; la base (o la falta de tal) para la psicosis.

En todos nuestros intentos por liberarnos de las restricciones de la ideología, ¿qué sucedería si pretendieramos realmente conseguir esto? La psicosis [absoluta] es dificilmente una solución viable. No podemos atravesar la fantasía. El deseo contínuo insaciable de liberarnos de la ideología y regresar a una sensación de completitud creada retroactivamente (y ficticia) es una ilusión estructuralmente necesaria. Esto no significa, sin embargo, que no podamos cambiar las condiciones de nuestra existencia; precisamente es al contrario. De hecho, ya que nuestra existencia se basa en una ficción y no en una verdad a priori, a pesar de que nunca podamos escapar de la necesidad estructural de nuestras ficciones, siempre podemos re-escribirlas.
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Entonces, ¿quiere el rojo de siempre o prefiere... ¡¡el color fooly cooly!??!?

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