Posted: Thu Nov 19, 2009 2:05 pm Enviar tema: LHC y la religión de la teknología
nah, ke os dejo aquí una versión preliminar del kapítulo 4 de ese hito nacional, mundial y, ¿por ké no decirlo?, GALÁCTICO (komo el periodismo) ke será "Mierda Kosmika"--menudo tochako, ya lo siento ya. No la he akabado de revisar luego seguro ke tendrá gazapos. Se aceptan krítikas, pero seguramente me las pasaré por el forro de los kojones.
Está wapi yo kreo: salen motores de hipervelocidad para naves espaciales y super-organismos del tamaño de un universo. tambien se verá komo Newton o Francis Bacon creían en el 2012.
Capítulo 4: La partícula de Dios y y los tecnopadres
Lo que los hombres realmente quieren no es el conocimiento sino la certidumbre.
Bertrand Russell—Filósofo, matemático y escritor inglés.
Quizá podría considerarse la fijación en aislar la supuesta “partícula del espíritu” (kosa ke se argumentaba en el kapítulo anterior) como análoga a una de las tareas que el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) pretende llevar a cabo en Ginebra mediante la faraónica obra de ingeniería que ha supuesto la construcción del Gran Colisionador de Hadrones—en inglés Large Hadron Collider o LHC—: la búsqueda del bosón de Higgs, también conocida como “la partícula de Dios”(*).
La mayor parte de este capítulo fue escrito durante la polémica puesta en marcha del LHC, en la que se desató el alarmismo ante la posibilidad de que uno de los experimentos programados diese lugar a la creación de un agujero negro con consecuencias devastadoras para la humanidad.
Me repetiré otra vez: no me interesa debatir si existirá o no el bosón de Higgs, ni que se vaya a crear o no el dichoso agujero negro—es más, seré el primero en admitir que carezco de una base científica sólida: en realidad solo soy un tipo que intenta cultivar algo de sentido común en la vida y eso ya me cuesta bastante. Sin embargo, también es verdad que la falta de una educación científica no impidió a Anton Von Leeuwenhoek—un vendedor de telas que dedicaba los ratos libres al cochino vicio de la autodidáctica—acabar inventando el microscopio, motivado, supongo, simplemente por su curiosidad.
Para el reaccionario medio también diré que tampoco es que me considere yo necesariamente alguien a la altura de Von Leeuwenhoek, claro. Pero lo que es picarme la curiosidad si que me pica bastante, la verdad, y específicamente en este caso me interesaron las dinámicas psicológicas subyacentes a todo el pifostio que se montó con lo del LHC, así como los mitos que parece que dirigen todo el tinglado.
Milenarismo
Una de las creencias más extendidas en la época moderna es la que sitúa a la ciencia en el papel protagonista de lanzar luz sobre el mundo de la superstición y el engaño. Esto—que puede ser cierto hasta cierto punto—contrasta fuertemente con la investigación del profesor David F Noble. Noble es considerado por algunos como uno de los historiadores de la ciencia más importantes de este siglo, aunque su trabajo le ha valido convertirse en una suerte de personaje maldito en círculos académicos americanos.
Verbigracia: Noble fue expulsado del Instituto de Massachusets de Tecnología (MIT) debido a motivos políticos. En su día el polifacético autor y activista Noam Chomsky—quien dispone de una cátedra emérita en dicha organización—declaró que su compañero “era demasiado radical para el MIT”. Cuando Noble contribuyó en una charla sobre la corporativización de los campus universitarios en la Universidad de Ottawa en 2004, varios ejecutivos declararon que “él no era un académico”.
En resumidas cuentas, el trabajo de Noble traza las claves del desarrollo científico y tecnológico en Occidente en estrecha relación con la imposición de la ideología patriarcal y cristiana y el sometimiento a los intereses dominantes del complejo militar-industrial sobre el conjunto de la sociedad.
De la lectura de su libro “La Religión de la Tecnología”, pues, se deriva una inquietante paradoja: si bien se critican desde el estamento científico las ideas apocalípticas que rodean a los experimentos del CERN por irracionales, la propia ciencia moderna encuentra su motor en movimientos apocalípticos de la rama milenarista. Grandes testaferros como Roger Bacon o Isaac Newton trabajaron bajo los auspicios de profecías sobre un innminente fin del mundo, muchas de las cuales pueden creadas en el siglo XI por un abad italiano llamado Joaquín de Fiore—irónicamente además, nos cuenta la Wikipedia, otro autodidacta.
El libro está lleno de matices sutiles y no puedo hacer más que recomendar su lectura, pero intentaremos hacer un resumen en unos pocos puntos:
1) Las artes y las ciencias del medievo se concentran progresivamente en manos de una élite monástica—de género masculino—que se aisla del mundo muchas veces con sentimientos de desprecio explícito hacia el resto de los mortales, como en el caso del mencionado Roger Bacon. Influidos por el desarrollo de la técnica, esta élite tiende a solidificar la idea del mundo como creación y progresivamente concibe la idea de un creador separado de su creación.
2) El mito judeocristiano se basa en la caída del hombre del jardín del Edén, y la promesa de la ascensión a los cielos se incluye al final de la Biblia, en el Libro de las Revelaciones. El proyecto judeocristiano se basa pues en un retorno a la perfección Adánica, y para tal fin, esta élite monástica recomendará el uso de la tecnología al estamento eclesiástico.
3) El programa científico occidental no solo pretende alcanzar la perfección adánica, sino el discernir la naturaleza de Dios mediante el conocimiento y en último término imitarle para poder ser como Él.
Si unimos el desarrollo tecnológico con este conjunto de premisas, básicamente lo que obtenemos es el consabido “a Dios por la ciencia”, que parece guiar a los científicos con tendencias más espirituales.(*) Se deriva también que la inmortalidad del alma se alcanzará a través de la máquina, y quizá sea este proyecto el que está guiando inconscientemente a grupos ideológicos tecnófilos como el formado por los transhumanistas. Incluso podría decirse que algunos buscan de forma plenamente consciente esta meta: por ejemplo, el experto en Inteligencia Artificial y eminente pope futurista Ray Kurzweil asegura en su último libro "Fantastic Voyage: Live Long Enough to Live Forever." que estamos a unos veinte años de conseguir los avances tecnológicos que nos dotarían de la ansiada inmortalidad.
¿Un lunático? Quizá si, pero desde luego un lunático con un fuerte apoyo del estamento científico, habiendo conseguido un cuantioso número de galardones: por ejemplo, el propio MIT le concedió en 1998 el título de “inventor del año” y en 2001 una beca por el valor de 500,000$—el premio Lemelson-MIT(*). Otras menciones incluyen la Medalla Nacional de Tecnología en 1999, la más alta mención que el presidente de los Estados Unidos puede hacer a un científico. En España ha sido promovido en medios populares de divulgación científica como “Redes” o la revista “Muy Interesante”. De entre las ideas que defiende Kurweil se encuentran la inyección de millones de robots del tamaño de las células sanguíneas—fabricados mediante nanotecnología—que nos mantendrían eternamente jóvenes pululando a través del cuerpo, reparando huesos, arterias y células del cerebro. Otras sutilezas del proceso incluirían la descarga directa desde Internet de actualizaciones genéticas para nuestro organismo.
Kurzweil hizo explícita la premisa ideológica de separar a la naturaleza de Dios en una reciente entrevista:
Cita:
Desde mi punto de vista, no somos otro animal sujeto a los caprichos de la naturaleza.
Así a bote pronto me da por preguntarme qué opinarán de esto los afectados de cualquier catástrofe natural, o si al Kurzweil le da por pensar de vez en cuando sobre las teorías del colapso del universo o cosas así—dejando de lado la cuestión de si lo de chutarse en vena los nanorobots se ofrecerá a precios populares. Pero vaya: ya que nos hemos puesto a examinar el tema de la inmortalidad, podríamos hablar ahora de la muerte; o mejor dicho: de la negación de la misma.
Ciencia de la Muerte
“La Negación de la Muerte” es precisamente el título de la otro libro fascinante—de hecho y gracias a él, el antropólogo cultural Ernst Becker fue galardonado con el premio Pulitzer. La idea central del texto es que si bien los mecanismos mediante los cuales negamos la muerte son necesarios tanto para nuestra supervivencia como para poder ser funcionales en nuestras vidas la cultura moderna ha hecho algo patológico de esta situación. Lo resume bien el escritor y activista George Monbiot en un artículo homónimo a la obra de Becker:
Cita:
el miedo a la muerte nos hace protegernos con "mentiras vitales" o con "el blindaje del carácter". Nos defendemos del terror supremo con proyectos de inmortalidad que estimulan nuestra autoestima y nos dan un significado que se extiende más allá de la muerte. Más de 300 estudios realizados en 15 países parecen confirmar la tesis de Becker. Cuando la gente se enfrenta a imágenes, palabras o cuestiones que les recuerda la muerte, responde reforzando su propia visión del mundo, rechazando a las personas o las ideas que amenazan esa visión y esforzándose más por la autoestima.
Hablaremos de este “blindaje del carácter” en el siguiente capítulo, pero de momento demos la palabra a Becker y de lo que piensa de la gente que como Kurzweil se creen por encima de la naturaleza:
Cita:
Instalados en la frágil atalaya que nos ha permitido construir la prepotencia de creernos la especie elegida y superior, y la tendencia de percibirnos cercanos a la omnipotencia gracias a la nueva idealización de un desarrollo científico sin fin, conceptualizamos la muerte como algo disonante, como una incoherencia o un absurdo, como un error inadmisible y fuera de lugar que debería remediarse cuanto antes de una vez por todas.
Hagamos ahora un último malabarismo y volvamos al LHC, en concreto al discurso del físico del CERN John Lewis emitido en la parte final del documental—pieza propagandística en la opinión de servidor—en una edición de septiembre de 2008 del programa de la televisión estatal “Informe Semanal”:
Cita:
El problema para nosotros en el futuro es que el sol acabará de brillar, dentro de unos cinco a diez mil millones de años. Hay dos opciones en ese momento: una de ellas es morirnos; la otra posibilidad es irnos a otro planeta alrededor de otra estrella.
Personalmente considero esta cita como el mejor ejemplo de la disonancia cognitiva ante la muerte de la que habla Becker—y que vendría implícita en el ideario del programa tecnocientífico occidental. En otras palabras: ¿puede alguien ir Ginebra a explicarle a John Lewis que seguramente los que veamos el documental no llegaremos a tan viejos como para ver el sol enfriarse? ¿Puede alguien sugerirle que, de entre todos los problemas hay en el mundo—se me vienen a la cabeza dos mil millones de personas muriéndose de hambre—ese es literalmente el último percance que va a sufrir la Tierra?
La cosa adquiere tintes surrealistas cuando uno se entera de que científicos como Louis Crane y Shawn Westmoreland de la Universidad de Kansas o el físico Franklin Felber de hecho piensan que el generar agujeros negros de forma artificial—básicamente el experimento que suscitó tanta polémica durante la puesta en marcha del LHC—podría ser de hecho la clave para construir motores de hipervelocidad que hagan posible el viaje interestelar. Efectivamente: el tipo de naves a las que se supone que John Lewis se va a subir de aquí diez mil millones de años cuando el sol se enfríe.
¿Es el mito de la ascención a los cielos del que habla el Apocalipsis una excusa para construir naves espaciales? Quizá suene extraño ahora, pero en la segunda parte del libro—la de la mierda cósmica—intentaremos dar un contexto a esta extraña pregunta. De momento sigamos con el tema de los agujeros negros y todo la polémica que se montó con lo del LHC.
En busca del sentido común
Recuperemos lo que decía Monbiot sobre los estudios de gente respondiendo ciegamente ante cuestiones que les recuerdan la muerte con ideas que refuerzan su propia visión del mundo: ¿estaría haciendo esto mismo el director general del CERN, Robert Aymar, cuando ante la alarma social afirmó que "El LHC es seguro y cualquier sugerencia de que sea peligroso es pura ficción"?.
Para ser pura ficción, desde luego han ido pasando cosas desde que se activó el LHC: que si una fuga de helio que paralizó el proyecto—algo que se hizo público solo tras presiones de las agencias de noticias—la intrusión de unos hackers colándose en el sistema informático o mi favorita: al parecer un trozo de pan que un pájaro dejó caer—poéticamente—en una sección exterior de la máquina provocó un cortocircuito en el tendido eléctrico.
¿Aparecerá el dichoso agujero negro que nos succione a todos? Hombre, yo científico ya he dicho que no soy, pero vaya: el sentido común me dice que al menos una pequeña posibilidad existe, en pocas palabras porque formas primigenias de esos mini-agujeros negros ya se han observado anteriormente en otros experimentos similares. Los científicos confían en que la radiación de Hawking detendrá su crecimiento, pero claro, la cosa es que la radiación de Hawking es tan solo una teoría—con muchas papeletas, pero teoría al fin y al cabo. Quiero decir: para comprobar que un experimento destinado a validar el modelo estándar de la física, ¿no es paradójico recurrir a teorías basadas en el propio modelo que queremos validar?
Luego tenemos al científico japonés Michio Kaku—quien por cierto basa sus opiniones sobre las capacidades psi en los juicios del boletín del CSICOP(*)—que en un reciente artículo tranquiliza a los “críticos hiperventiladores" diciendo que no hay ninguna razón para preocuparse, ya que la Madre Naturaleza ha bombardeado a la Tierra desede siempre con rayos cósmicos de mayor potencia que los que se esperan en LHC y que hasta la fecha no ha pasado nada. Este es un razonamiento absolutamente lógico y dentro del sentido común, claro, sobre todo si pensamos por la misma regla de tres que si una madre ha manejado la olla exprés durante toda la vida se le puede dejar hervir a un niño pequeño un par de huevos en la cocina de gas con una olla normal—simplemente porque ésta es menos potente. Sentido común: fácil.
También dice que tranquilos, que los mini-agujeros son muy pequeños y que apenas tienen energía. Pero claro, que digo yo que si van a intentar simular de nuevo el Bing-Bang eso iba de que allí estaba todo el Universo concentrado en un punto muy muy pequeño, ¿no? Y luego según tengo entendido se armó la de Dios, ¿no?. Toda esta gente parece tener bastante claro que no va a pasar nada, claro, pero echando mano del sentido común también me surge la pregunta de que si se realmente supieran lo que va a pasar no harían el experimento, ¿no?.
Dicho de otra forma: no es que yo necesariamente crea que vaya a aparecer el agujero negro y que nos vaya a succionar a todos—joder, espero que no—pero no puedo evitar observar que la disonancia cognitiva que entraña la posibilidad de que algo salga mal el estamento científico responde precisamente negando esa posibilidad—ante lo cual no es de extrañar que gente con un mínimo de sentido común y sangre en las venas reaccione poniendo el grito en el cielo.
Así pues, ante la recomendación de Michio Kaku de "dejar estar a los críticos hiperventiladores", reaccionaremos hiperventilando y examinaremos seguidamente otra forma de concebir el universo fuera del programa judeocristiano.
Hiperventilación
La ciencia nunca se ha separado de lo que se ha venido a llamar la superstición. Ya no es solo que Thomas Alva Edison dijera dedicar los ratos libres a realizar viajes astrales, lo mismo que Emmanuel Swedenborg (considerado uno de los grandes científicos de la historia) o Kary Mullis (un tipo que tiene un premio Nobel). La cosa viene de más lejos. Consideremos la siguiente narrativa:
Cita:
Durante mis estudios de medicina fuí voluntario en una clínica psiquiátrica. Decidí estudiar medicina porque leí a Freud y empecé a trabaja en psiquiatría antes de siquiera graduarme. Y mi maestro, que obtuvo esta muestra de Sandoz, estaba interesado en la LSD pero no tenía mucho tiempo, asi que nos utilizó para sus estudios como sujetos de experimentación. (…) Y lo primero que hice en el 56 fue ser voluntario de una sesión de LSD.
(…) Tuve una sesión que fue fascinante al principio: ví una increíble proyección de colores caleidoscópicos con imágenes sugerentes al Islam y a los árabes, vi la ciudad de Granada en algún momento.
(…) veía luces de una intensidad y brillo que jamás habia visto en mi vida, que ni siquiera imaginaba que existiesen. Fue como, sabes, cuando lees literatura mística y hablan de "millones de soles". Así lo sentí yo: como con la intensidad de la bomba de Hiroshima.
Después mi conciencia salió catapultada fuera de mi cuerpo, y perdí conexión con los investigadores, con la clínica, con Praga, con el planeta entero. Y tuve esta maravillosa experiencia con mi conciencia, abrazando todo, transformándome en El Todo. Luego ya bajando, me volví el universo entero, viajé hasta el Big Bang y tuve experiencias a las que no pude poner nombre hasta que leí acerca de los agujeros negros, agujeros blancos o púlsares: fue una increíble experiencia cósmica. A la vuelta estaba impresionado, y esto fue lo que generó mi interés de toda la vida en los estados alterados de consciencia.
Quien cuenta esto es el psicólogo Stanislav Grof, quien ha estudiado durante más de cincuenta años los estados alterados de consciencia administrando LSD a sus pacientes. Antes de que me digáis que Grof tuvo esta experiencia de consciencia cósmica porque iba drogado, cabría plantearse si la LSD—estructuralmente muy cercana a la serotonina al igual que la DMT—no es sino un catalizador de facultades mentales que pueden producirse de forma natural.
De hecho hay un amplio abanico de técnicas que permiten inducir estados alterados de consciencia que no tienen por qué incluir la ingesta de drogas, como por ejemplo la meditación o sin ir más lejos técnicas respiratorias como la susodicha hiperventilación—Grof rebautizó a su método como respiración holotrópica.
¿Son “los críticos hiperventiladores” de Kaku la respuesta quizá inconsciente de sectores de la sociedad que se resisten a someterse a la mecanización del programa tecnocientífico? En otro de los documentales emitidos por la televisión estatal, Kurzweil explica cómo la humanidad trascenderá la biología para fusionarse con la tecnología. Pero, ¿y si el el universo entero fuera un ente biológico, como parece extraerse de la experiencia de Grof? ¿Y si no fuera una máquina, como vemos a ojos de nuestra ciencia, sino un gran organismo en el que no somos más que pequeñas bacterias E. Coli en simbiosis con el kosmos?(*) ¿Y si la idea de trascender la biología es simplemente errónea porque todo es ya biología?
La noción de que el universo está vivo—intuición a la que llegaron gente que como Grof alteraban la consciencia con o sin drogas—se incluye también en sistemas metafísicos anteriores a la dicotomía creador/creación instaurada por el programa religioso judeocristiano. Hallazgos en el campo de la astrobiología como el descubrimiento de sacáridos en el centro de la galaxia apuntarían—de forma racional, claro está—en esta dirección, en la cual se hallan a día de hoy miles de personas sin titulación académica que les avale.
Puede que dentro de este conjunto de personas se encontrasen los físicos Walter Wagner y Luis Sancho cuando que saltaron al debate público al interponer una demanda al CERN—siendo inmediatamente tildados de charlatanes. Según el sitio web de Sancho:
Cita:
Las acciones cuánticas tienden a repetirse y extenderse en una red de relaciones que crean una red, una suma de acciones-reacciones entre una serie de puntos orgánicos. El resultado es la estructura común del Universo—una red cuántica de de energía o información. En la Naturaleza, estas redes organizan todo tipo de energia espacial e información temporal en sistemas de creciente complejidad. Los sistemas más complejos estudiados por la ciencia son los super-organismos biológicos. (…) Sostenemos que cualquier organismo es un super-organismo, y que el Universo en sí mismo es otro de estos super-organismos. (…) Los Universos estan hechos de super-organismos llamados galaxias que están a su vez hechas de super-organismos llamados sistemas solares, cuyos planetas están hechos de super-organismos llamados seres vivos, hechos de super-organismos llamados células, hechos de super-organismos llamados moléculas orgánicas, hechas de super-organismos llamados átomos hechos de quarks y electrones energéticos que dan forma a las más pequeñas partículas cuánticas de nuestro Universo.
O sea, más o menos el colocón cósmico de Grof pero con otras palabras. _________________ gransaiyaman23
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"Viva España, viva el Rey, viva el Orden y la Ley."
koño kirot, pero si yo soy akí de los antiguos hombre
la de momentos ke hemos kompartido akín
ya te has dejado los porros?
(oye, ke aki lo de la V no se lleva demasiado)
PD: a ver si pones la firma esa en kastellano--o en bable, ke karallo mekajondiola--ke no la entiende ni dios ... hay ke joderse lo ke hace hollywood kon las mentes de los jóvenes ... "we are mutants" ... eso en tu pueblo no lo has oido ... _________________ gransaiyaman23
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Berman nos muestra cómo las ideologías nacen cuando las personas sienten que carecen de un verdadero anclaje somático. Aquellos que están verdaderamente centrados en sí mismos como un organismo biológico podrán abrazar una causa, pero no la necesitan para sentir que con ello dan validez a su existencia. Si no fuera porque casi todos hemos vivenciado algún tipo de pérdida o falta básica muy temprano en la vida, no nos veríamos rodeados de tantos "ismos", que han asolado en nuestra civilización como una pavorosa frecuencia ; nacionalismos, racismos, fundamentalismos bíblicos y religiosos y, ahora último, el consumismo del mundo industrializado como una última amenaza que se cierne sobre nuestras vidas.
sí!
también el socialISMO!--e incluso el anarkISMO
autodefinirse es malo, pero si tuviera ke hacerlo lo haría como alguien ke genera anarkHECES .... jajaj _________________ gransaiyaman23
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